Tindaya Mesa Brenes

2º Premio Narrativa

Era invierno cuando conocí a Sarah. Uno de esos inviernos espeluznantemente fríos y
crudos, de esos en los que lo único que recordamos después es el hielo que causa
accidentes, mucho más que la suave nieve. Por aquel entonces yo intentaba pasar
desapercibido, asunto complicado si eres un alto pero desaliñado estudiante de arte.
Mucho más si el lugar en el que tratas de pasar desapercibido es una entrevista para
un puesto de oficinista, a la que por norma general acuden los hombres de más de
cuarenta años que han perdido su anterior trabajo, también de oficinista, claro está.
No, a mí tampoco me hacía demasiada ilusión acabar ocho horas tras una mesa, pero
hasta con mis gafas sin graduar podía ver las facturas acumuladas en el buzón.
La primera opción fue vender algunos de los lienzos que había pintado tiempo atrás
como proyectos universitarios, opción que fue desechada al ver que nadie se
encontraba muy interesado en comprar los cuadros hechos por un chaval anónimo
con un estilo, a decir verdad, bastante pobre.
La segunda opción fue trabajar de camarero a tiempo parcial. Me fui (me
despidieron) tras una fuerte discusión con una señora que al parecer estaba
“indignadísima por el horrible trato que le había dado al excelente Earl Grey”. Sin
duda esa mujer profesaba más amor a una bebida que a su propia vida, y así se lo
dije, pero las cosas se torcieron un poco cuando accidentalmente derramé el té en su
costosa blusa de volantes.
La tercera y última opción fue proporcionada por uno de mis compañeros de la
facultad. En la carrera de Artes es difícil hacer amigos porque todos están demasiado
centrados en sí mismos, en su propia grandeza, y en su futuro éxito, pero si llegué a
tener uno, ese fue Richard. Un poco hippy y habiendo sido echado y desheredado por
querer ser escultor, él podía ser un camarada de verdad si la situación lo merecía. Si
no, simplemente se dedicaba a hacer el payaso y a burlarse de tus desgracias. Tal vez
no llegó a decidir si realmente mi estado económico ameritaba que pusiese su modo
profesional, porque vino hacia mí con el papel de la entrevista en la mano, pero tuve
que arrebatárselo de un papirotazo para poder conseguirlo. Sí, mi colega siempre fue
un pelín irritante. El caso es que, como ya he dicho, era invierno, uno de esos
inviernos horribles en los que se te congelan las puntas de los dedos a través de los
mitones. Casualidad, ese era mi caso. Lo que significa que cuando entré a la salita de
espera, deseando llevar la imagen más presentable posible, la realidad era que llevaba
las pintas de un vagabundo cubierto de escarcha. Aunque, resumiendo, era
exactamente eso. Las miradas juzgadoras de los hombres formales allí presentes me
acuchillaron sin piedad mientras me dejaba caer de la forma más suave posible en el
único asiento libre, y yo simplemente miré al frente, topándome con unos ojos azules
a dos palmos de mi nariz. El salto que di en ese momento debió ser bastante cómico,
porque la dueña del par de ojos gélidos soltó una carcajada seca, enderezándose.
Diantres, era incluso más alta que yo.
“Disculpa, creo que te has equivocado de lugar, esto es una entrevista laboral”.
“¡¿Me estás tomando el pelo?!”.
Me puse de pie yo también, muy ofendido. Estaba claro que bromeaba, pero como
una especie de compañerismo entre jóvenes rodeados de hombres desaprobadores en
proceso de calvicie, decidí seguirle el juego. Mala idea, acabó llamando a seguridad.
Mientras el trabajador uniformado me obligaba amablemente a salir del lugar, pude
vislumbrar la sonrisa satisfecha de la recientemente apodada “Ojos Azules”. Esa fue
la primera vez que nos vimos.
La segunda vez que nos vimos seguía siendo invierno (¿qué interesante, no?), con la
única diferencia de que Ojos Azules no me echó de ningún lugar, sino que me invitó a
entrar a uno. Concretamente, a una cafetería. Más concretamente, a esa cafetería
cerca del campus universitario en la que nació mi odio eterno al Earl Grey. Al
parecer, ella me había reconocido mientras volvía a casa, y sus remordimientos por
haberme hecho perder la oportunidad de conseguir un trabajo habían hecho efecto.
Por supuesto, me hice el indiferente, pero en mi fuero interno aquello me pareció un
poco tierno. Sólo un poco. Charlamos un rato y descubrí que ella asistía a la misma
universidad que yo (¡estudiaba Matemáticas!), de modo que nuestro encuentro no
había sido del todo casual. Por desgracia, se me hacía tarde para llegar puntual a mi
nuevo empleo, así que nos despedimos, no sin que antes ella me proporcionase su
número de teléfono, junto con algo más importante. Su nombre: Sarah.
Nuestros siguientes encuentros no fueron nada demasiado fuera de lo común, un par
de amigos comiendo croissants como locos (pasión que compartíamos) y contando
anécdotas refugiados del frío exterior. Porque sí, seguía siendo invierno.
La decimotercera vez que quedamos en la cafetería, traje a Richard conmigo, porque
mi colega se estaba volviendo, como decirlo… Un poco loco. Bastante, para qué
mentir. Se pasaba el día en el estudio que había alquilado, rodeado de estatuas y
cubierto de polvo de yeso, de modo que lo arrastré conmigo para que le diese un poco
el aire. Para aquel entonces, Sarah y yo habíamos intimado considerablemente, y ya
era primavera. En cierto momento de la velada tuve que ir al servicio, no por
necesidad, sino porque desde hacía cierto tiempo, me asaltaba la necesidad de
comprobar mi aspecto cada vez que estaba con ella. Nunca debí irme, porque cuando
volví, la escena parecía sacada de mi peor pesadilla. Vi casi a cámara lenta como
Sarah se levantaba, yendo a abrazar a una señora. Una señora que yo conocía muy
bien… La obsesa del Earl Grey. Resultó ser su tía, pero me costó recuperarme de
ello, especialmente con mi amigo en el fondo soltando risillas molestas. Richard
idiota. A pesar del trauma que aquella mujer me había causado, intenté esbozar mi
mejor sonrisa, lo cual dejó de ser necesario, pues desde que Sarah abrió la boca no
necesité fingir mi alegría. Todo lo que salía de sus labios eran alabanzas hacia mi
persona. Claro está, fui modesto, pero internamente me sentía morir de la vergüenza.
Sin duda, esa velada resultó inolvidable.
La decimocuarta vez que quedamos, le conté propiamente todo el escándalo
alrededor de su tía. Cuando terminé de relatar la historia con pelos y señales, puso
una cara muy rara, parecía que fuese a estornudar. Pero en lugar de eso,
sorprendiéndome, se echó a reír. No una risa suave o cínica como las que le había
escuchado anteriormente, sino un verdadero aluvión de carcajadas escandalosas. Mi
mente se quedó en blanco, y lo único que pude pensar fue “Ojos Azules tiene una risa
preciosa”. Siempre he sido un chico muy tímido, así que me atraganté con mi propia
saliva y me puse rojo como un tomate sólo con el pensamiento. Cuando por fin
terminó de reírse, sus mejillas se encontraban levemente sonrosadas, de un tono
mucho más bonito que mi color insolación. Tristemente, sonó la alarma de su móvil,
interrumpiendo el momento. Con una mueca, Sarah se levantó de la silla y yo, un
poco aturdido, hice lo mismo. Apenas fui consciente de lo que pasaba mientras ella
recogía sus cosas, pero mi estupor se desvaneció cuando, después de murmurar lo
mucho que se había divertido y aprovechando su altura, aquella chica me plantó un
beso en el pómulo.
Las veces que siguieron no se salieron demasiado de nuestra rutina, salvo que, cada
vez que nos despedíamos era con un beso, no en los labios, pero un beso al fin y al
cabo. Cada vez que eso ocurría, yo me empezaba a sentir de forma extraña, mis
manos se hacían puños y volvía la necesidad de comprobar mi aspecto. Ella por su
parte, tan solo esbozaba una pequeña sonrisilla, con un brillo juguetón en aquellos
ojos color cielo.
El día que nos vimos por vigésima tercera vez, me di cuenta de lo que pasaba. Quedé
atónito, honestamente. Conversábamos en la que ya era nuestra cafetería y de repente,
empecé a sentir como todo parecía desdibujarse alrededor de mí, quedando solo…
Bueno, solo Sarah. Empalagoso, ¿verdad? Ella hablaba, muy entusiasmada, de la
estrecha relación entre nuestras carreras, aparentemente opuestas. Sus ojos relucían, y
me dije que quería besarla. Mi propia ocurrencia me hizo perder el hilo de la
conversación y los colores se me subieron al rostro en cuestión de segundos.
Levantándome precipitadamente, me excusé diciendo que debía ir al baño y salí de
allí, tropezándome con una silla en el proceso. Estuve un buen rato encerrado en el
diminuto aseo, divagando acerca de lo que mi traicionera mente me había hecho
pensar. Pero cuanto más tiempo pasaba, más real se me hacía aquello, y más se veía
la clara respuesta. ¡Me había enamorado de Sarah! Una vez llegué a esa conclusión
me puse muy nervioso, tanto que fui incapaz de quedarme escondido. Tanto que
cuando ella me preguntó si me encontraba bien, la respuesta de este genio moderno
fue: “No, no estoy nada bien, me he enamorado de ti, mi cerebro tramposo dice que
quiero besarte y encima olvidé que hoy tengo turno de tarde y probablemente me
despidan”. Una confesión suave como la nata, claro que sí. Me quedé quieto al darme
cuenta de lo que había dicho. Sarah me miraba con los ojos muy abiertos y ambos
boqueábamos como peces, aunque ella como un pez mil veces más lindo, por
supuesto. Fue la primera en salir del estupor, y me miró con una expresión tan
radiante que sentí realmente fuerte ese aleteo bajo mis costillas.
“¡Yo también estoy enamorada de ti! ¿Quieres que te bese ahora?”.
Yo no me esperaba esa declaración tan directa, así que lo único que salió de mi boca
fueron balbuceos inconexos, pero pude asentir torpemente a pesar de ello. Sarah
sonrió aún más y se acercó a mí muy despacio. No habíamos estado tan cerca desde
aquel accidentado primer encuentro, y solté una risita ante el recuerdo. Risita que fue
interrumpida por unos labios estrellándose contra los míos. Yo abrí los ojos como
platos, mientras que ella los mantuvo firmemente cerrados. Cuando Sarah se alejó, no
tuve duda de que mi expresión era igual de embobada que la suya.
La vigésima cuarta vez fue oficialmente una cita. Paseamos tomados de la mano y
tomamos helado, pues ya había llegado el verano. Y en lo que a mí respecta, el
invierno no volvería.