Adrián Tejero Martín

1º Premio Narrativa

Joven director de cine majorero, ganador de numerosos premios y que reside actualmente en Barcelona, donde realiza su formación en la Escuela de cine superior de Cataluña, ESCAC.

Y abrí el cajón, con la incredulidad de haber sido lo suficientemente cauteloso como
para haber resguardado el cajón de una forma casi impenetrable.

El cajón pertenecía a una bonita mesa de roble, sus acabados y los grabados, no
parecían de esta época pero tampoco de alguna pasada, a simple vista era difícil
determinar si era vieja o nueva. Lo único que sabía de ella es que siempre había
estado en nuestra casa, mi padre la había utilizado en el pasado, pero llevaba muchos
años sin ser usada hasta que cumplí la suficiente edad como para heredarla. Todos los
cajones parecían estar cerrados de manera inamovible, como si realmente no existiera
cajón y fuese solo una tapa de decoración.

Los primeros años no le hice mucho caso a la mesa, tampoco la usé demasiado, pero
a medida que aumentaba mi edad la necesidad por tener un espacio donde trabajar
mis quehaceres del instituto iban creciendo también, fue entonces cuando en medio
de un tiempo muerto que me había dado a mi mismo para dejar reposar mis
pensamientos, me percaté de que el cajón, no estaba como siempre, parecía
entreabierto y para mi sorpresa, agarrando de la manilla de plata pude abrir el cajón
como si fuese nuevo, notaba en la poca fuerza que ejercía una única resistencia que
era el vacío que había generado el cajón en la mesa, como si tuviese las medidas
perfectas para encajar en el agujero de donde salía. Dentro no había más que una
libreta igual de simple que cualquier otra, con un tapa con tono grisáceo pero que no
parecía ni vieja ni nueva de lo simple que era.

Aparté un poco mis deberes y la puse sobre la mesa, al abrirla me di cuenta de que
dentro de esta no había mayor sorpresa que una totalidad de páginas en blanco,
buscando cualquier anotación pasé rápidamente por todas las hojas hasta darme
cuenta que en una de ellas, no solo había algo escrito, sino que se trataba de un
extenso texto que empezaba así:

“Querido Airam.”

Me sorprendió cual sobresalto barato de película de miedo, mi nombre aparecía en
esas páginas y ni siquiera recordaba que alguien de mi familia se llamase igual que
yo, además, no tenía pinta de que una búsqueda por mi árbol genealógico diese con
alguno, ya que mi nombre proviene de un príncipe guanche, antiguos habitantes de la
isla donde nací, Fuerteventura. Mis padres me pusieron ese nombre al coincidir con
su llegada a la isla, y mi posterior nacimiento, con ello declararon su fiel intención de
buscar las oportunidades que la isla albergaba. Mi miedo tonto desapareció
instantáneamente junto a mi pensamiento de que quizás se trataba de una historia
sobre ese antiguo príncipe Airam. Quizás mi padre, en uno de sus últimos usos de la
mesa, y buscando distintos nombres para mi nacimiento, lo apuntase en la libreta, ya
que la letra me parecía muy familiar.

Empecé a leer y mi idea de una posible y emocionante historia del origen de mi
nombre, se desvanecieron.

La página se trataba más bien como una especie de instrucciones del uso de la libreta,
lo que me dio a entender que no era escrito por Airam, sino para él.

“No tengas miedo, se que todo es confuso pero el tiempo te lo esclarecerá todo,
conozco lo que sientes mejor que nadie, créeme. No te deshagas de mi, te arrepentirás
y será inutil, no puedo contarte demasiado pero pronto averiguarás que me necesitas.”

Muchas preguntas surgieron pero no le di muchas vueltas, parecía un texto mal
organizado e incluso una broma tonta, cerré el libro y lo guardé de nuevo en el cajón,
cerré y… Me sorprendió mucho que me fuese imposible volver a abrirlo. Estúpida
mesa.

Mi primer contacto con el libro lo tengo cristalino como el agua, pero a partir de ese
momento mis recuerdos pasaron a ser más borrosos, recuerdo que ignoré ese cajón
durante meses, ni siquiera recordaba ya mi primer encontronazo con él, pero empecé
a darme cuenta de que el primer viernes de cada mes, llegaba a mi cajón ese libro,
como si la puerta del cajón tuviese un temporizador. Tanta molestia por parte de
quien había puesto el libro ahí, despertaba mi curiosidad más que el contenido de
este, eran páginas que se rellenaban una a una todos los meses, con mensajes a los
cuales no les daba más importancia que la que parecían tener, me intentaban guiar de
forma espiritual con mensajes esperanzadores y consejos tontos, me sentía como si
tuviera un horóscopo actualizable.

La cosa empezó a ponerse seria, dentro del libro el contenido se iba transformando en
cosas más personales, muchas veces me contaba historias muy cercanas a cosas que
me habían pasado ese mes, o de cosas que me pasarían. Me negaba a caer en la broma
del autor de este libro, pero… innegablemente… cada vez me atrapaba más y más,
esperando con ansias cada nueva página.

Preguntaba en casa, en el instituto, entre mi grupo de clase, siempre dejaba caer la
pregunta de la forma más discreta posible, intentando buscar al culpable de mi
obsesión. Nunca logré sospechar siquiera de nadie, sentí que me estaba volviendo
loco, y aunque me gustaba tener a alguien que me comprendiese de esa manera, me
desesperaba la idea de pensar que mes tras mes, esa persona no se atrevía a acercarse
a mi.

Aunque me sentía muy apegado, recuerdo incluso cabrearme con él, me desesperaba
y agobiaba tener a alguien vigilándome, estudiándome como si fuese una rata de
laboratorio, conocía a mis pocos amigos, a mis padres, a cualquier persona que se
cruzara conmigo, así que me decidí a desapegarme de aquel libro para siempre, y
pensé que la mejor manera era impedir que alguien volviese a tocarlo. El primer
viernes del siguiente mes, abrí el cajón y ni siquiera leí el libro, saque el taladro de mi
padre y puse todos los cerrojos que pude, todos los clavos que teníamos en casa, y el
candado que había comprado. Supuse que con cualquier cosa más pequeña podría
haber conseguido que esa persona llegase al libro, pero no solo se trataba de eso, sino
también era una manera de enviar un mensaje.

Llegaba Septiembre, un verano inolvidable ponía fin a una etapa llena de subidas y
bajadas, el instituto hacía unos meses que había acabado y ya estaba todo preparado,
había cumplido la mayoría de edad e iba a estudiar lejos de mi casa y de mi isla, la
idea me apasionaba a la par que me daba miedo, pero comprendía que era un paso
que tenía que dar, los recuerdos me afloraban mientras rellenaba cajas de cartón con
mis pocas pertenencias, rebuscando quite una vieja manta de polvo que cubría los
viejos trastos… y mi mesa.

Me quede pasmado por unos segundos, casi la había olvidado, nunca lo había echo
del todo y la tentación siempre existió, pero gracias a todos los refuerzos que había
puesto en ese cajón, nunca llegue a abrirla de nuevo. Miré mi teléfono y me percaté
de que era viernes, tome todas las herramientas y lo más rápido que pude saqué todas
las seguridades que resguardaban el cajón.

Y entonces tire de el, con la incredulidad de haber sido lo suficientemente cauteloso
como para haber resguardado el cajón de una forma casi impenetrable. Pero me
equivocaba, dentro de ese cajón ya no se encontraba el libro que siempre había estado
ahí, en su lugar pude ver mi mismo libro pero con la diferencia de tener una pegatina
en su portada, que decía “Mi Diario”. No me percaté de lo que estaba sucediendo
hasta que miré al fondo del cajón, y encontré un lápiz.